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Terra
La Coctelera

Memorias de Idhún - II. Triada

Nombre: Memorias de Idhún - II. Tríada
ISBN:
Escritor/a: Laura Gallego
Editorial: SM
Páginas: 168
Precio: 21'75€

Primer capítulo

La serpiente entornó sus ojos irisados, pero no hizo
el menor movimiento ni denotó ninguna emoción
especial cuando dijo telepáticamente: 'Ya están
aquí'.
-Lo sé -respondió en voz baja Ashran, el Nigromante,
desde el otro extremo de la habitación. Estaba
asomado al ventanal, como solía, contemplando la
salida de la tercera de las lunas por el horizonte de su
mundo.
La serpiente alzó la cabeza y desenroscó lentamente
su largo cuerpo anillado. Era inmensa, y ni siquiera
había desplegado las alas. Cada escama de su cuerpo
irradiaba un poder misterioso y letal, un poder ante el
que cualquier mortal temblaría de terror. Pero Ashran,
el Nigromante, no era un hombre corriente.
Tampoco aquella era una serpiente corriente, ni
siquiera entre las de su raza. Se trataba de Zeshak, el
señor de los sheks, la más poderosa de las serpientes
aladas.
'El dragón y el unicornio', enumeró. 'Dos hechiceros:
un humano y una feérica. Y un caballero de Nurgon,
medio humano, medio bestia.'
-Deben de formar un grupo singular -sonrió Ashran-.
Tengo ganas de verlos en acción. Pero eso no es todo,
¿verdad? Hay una sexta persona.
Hubo un breve silencio.
'El traidor está con ellos', dijo Zeshak con helado
desprecio. 'Ese a quien llamabas tu hijo es ahora el
sexto renegado de la Resistencia.'
Ashran hizo caso omiso del tono irritado de su
interlocutor. Desde que Kirtash los había traicionado,
ningún shek había vuelto a pronunciar su nombre.
-Sé que quieres verlo muerto -dijo el Nigromante-. Y
tendrás esa satisfacción. Pero el dragón y el unicornio
son más importantes ahora.
Zeshak no dijo nada, pero Ashran percibió su
escepticismo.
-La profecía se está cumpliendo -le espetó el
hechicero-. ¿O es que crees poder luchar contra el
destino?
'No existe el destino', replicó el shek. 'Los dragones
nos condenaron a vagar por los límites del mundo
durante toda la eternidad, y míranos, estamos aquí.
Somos dueños absolutos del planeta, y de nuestro
propio destino. Y hemos acabado con todos los
dragones.'
-No con todos -le recordó Ashran.
En los ojos tornasolados del shek brilló un breve
destello de ira.
'Y, a pesar de todo, los sheks deseamos más la
muerte del traidor que la de ese dragón que se nos ha
escapado.'
-Pero, en cuanto os topéis con él, volveréis a sucumbir
al odio -sonrió Ashran-. Como ha sido siempre. Un
dragón, aunque sea uno solo, aunque sea el último,
sigue siendo un enemigo peligroso.
El shek dejó escapar un airado siseo.
'¿Cómo es posible que consideres peligroso a un
dragón que está tan contaminado de humanidad?'
-¿Cómo es posible que los subestimes, Zeshak? No
son criaturas corrientes. Son parte de una profecía, y
detrás de las profecías está la mano de los dioses.
'Entonces, no deberías haberlos dejado volver', opinó
Zeshak.
Ashran se encogió de hombros.
-En la Tierra habrían quedado lejos de mi alcance.
Además, hiciera lo que hiciera, mientras pudieran
refugiarse en Limbhad estarían a salvo -alzó la cabeza
para clavar en la serpiente la mirada de sus ojos
plateados-. Ahora ya no lo están.
'Siempre pueden volver atrás.'
-No -replicó Ashran-. Ya no pueden... pero todavía no
lo saben.
Zeshak asintió lentamente.
'Ya veo', dijo el rey de las serpientes. 'Si es verdad
que esa profecía puede cumplirse, si es cierto que
pueden derrotarnos, no deberías enfrentarte a ellos.
Ahora están aquí, en Idhún. Ahora nosotros, los
sheks, podemos encargarnos de aplastar a la
Resistencia.'
Ashran meditó la propuesta. En virtud de un antiguo
conjuro, hacía siglos que ni los sheks ni los dragones
podían atravesar la Puerta interdimensional hacia la
Tierra. Por eso los hechiceros renegados de la Torre
de Kazlunn, aquellos que se oponían al poder del
Nigromante, se habían visto obligados a enviar allí
solo los espíritus del dragón y el unicornio de la
profecía, para que se reencarnasen en cuerpos
humanos. Por eso el propio Ashran había tenido que
mandar tras ellos a Kirtash, una criatura híbrida, un
shek camuflado en el cuerpo de un muchacho que,
desgraciadamente para ellos, había conservado buena
parte de sus emociones humanas y había acabado por
unirse a sus enemigos.
Pero ahora, ellos estaban en Idhún, habían acudido allí
a presentar batalla. Nada impedía a los sheks
atacarlos en su propio terreno.
-¿Sabes dónde están? -preguntó.
Los ojos de la serpiente presentaron, por un
momento, un cierto brillo siniestro.
'Sé dónde están. Un solo mensaje telepático mío, y mi
gente atacará.'
Ashran asintió.
-Quizá no podáis vencerles -dijo sin embargo.
El shek se envaró, ofendido. No habló, pero dejó que
Ashran notara su irritación.
-Hay una extraña fuerza en su interior. Mira esta
torre, Zeshak. No era más que un edificio muerto y
abandonado, y ahora rebosa poder por los cuatro
costados. Y eso lo hizo la muchacha... ella sola. No es
solo un unicornio. Es el último unicornio, toda la
fuerza de su raza reside en ella.
Percibió el resentimiento de Zeshak, y supo lo que
estaba pensando. El shek había sido partidario de
acabar con la vida de la joven que se hacía llamar
Victoria al hacerla prisionera, pero Ashran había
optado por utilizar su poder... y aquella chica, cuyo
cuerpo albergaba el espíritu del último unicornio,
había acabado por escapar de ellos. Ahora ella y su
compañero, el último dragón, eran lo único que
amenazaba la estabilidad de su imperio.
-También el dragón será un adversario temible, en
cuanto aprenda a emplear su poder.
'Entonces, debemos acabar con ellos antes de que eso
suceda.'
-Llevamos más de quince años intentando acabar con
ellos, Zeshak. Y no lo hemos conseguido.
'¿Estás empezando a pensar que no podemos evitar el
cumplimiento de la profecía?', siseó Zeshak en su
mente.
-No; estoy empezando a pensar que no hemos
seguido la estrategia adecuada.
La serpiente no dijo nada, pero clavó en el Nigromante
sus hipnóticos ojos tornasolados, esperando una
explicación.
-Desgraciadamente, Zeshak, no los conozco tanto
como quisiera. Conozco bien a Kirtash, mucho mejor
de lo que él mismo cree; empiezo a conocer a Victoria,
porque tuve ocasión de tratar con ella, y creo que
puede ser una pieza importante para mis planes
futuros, aunque ella no lo sepa. Pero el muchacho, el
dragón, sigue siendo un completo extraño para mí. Y
eso no me gusta. Ahora que están aquí, en Idhún, voy
a tener ocasión de observarlos, de estudiarlos, de
conocerlos y comprenderlos... y de encontrar su punto
débil.
Zeshak lo miró, con la boca entreabierta, dejando ver
su larga lengua bífida. Casi parecía que se reía.
'Estrategia básica shek', comentó.
Ashran asintió.
-De todas formas no me opongo a que vosotros
ataquéis primero. Pocas cosas pueden escapar a la
mirada de un shek, y sospecho que, vayan a donde
vayan, terminaréis por encontrarlos. Quizá logréis
acabar con ellos, con uno solo de ellos, al menos, y
entonces no habrá más que hablar. Pero, si fracasáis,
al menos habré tenido la ocasión de estudiar a la
Resistencia con más detalle, y puede que para
entonces ya se hayan confirmado mis sospechas.
El shek entrecerró los ojos y aguardó a que el
Nigromante siguiera hablando. Ashran lo miró y
sonrió.
-Tal vez -dijo el hechicero con suavidad- la clave para
su destrucción no esté en nosotros, sino en ellos
mismos.
Zeshak comprendió. Lentamente, su rostro de reptil esbozó una
sinuosa sonrisa.

Memorias de Idhún - I. La Resistencia

Nombre: Memorias de Idhún - I. La Resistencia.
ISBN: 846750269X
Escritor/a: Laura Gallego
Editorial: SM
Páginas: 560
Precio: 18'65€

Primer capítulo

JACK

Era ya de noche, una noche de finales de mayo, y un chico de trece años
subía en bicicleta por una carretera comarcal bordeada de altas coníferas, de
regreso a su casa, una granja junto a un pequeño bosque.
.Se llamaba Jack. Hacía ya un par de años que vivía con sus padres en
aquella granja a las afueras de Silkeborg, una pequeña ciudad danesa, y todas las tardes, al salir de clase, si el tiempo lo permitía, efectuaba aquel trayecto en
bicicleta. Le gustaba hacer ejercicio y, además, el recorrido junio al bosque lo
relajaba y apartaba de su mente todas las preocupaciones.
Pero, por alguna razón, aquella vez era diferente.
Llevaba todo el día teniendo una extraña intuición con respecto a su casa y
sus padres. No habría sabido decir de qué se trataba, pero tampoco había podido
evitar llamar a su madre a mediodía, para asegurarse de que los dos estaban bien,
y lo había encontrado todo en orden. Sin embargo, apenas un rato antes, al salir del
colegio, había sentido que aquel molesto presentimiento que lo había acosado
durante todo el día regresaba con más fuerza- Sin ningún motivo aparente, intuía
que su familia estaba en peligro. Y sabía que era absurdo, sabía que no tenía una
explicación racional para aquella sensación, pero no podía evitarlo. Tenía que
llegar a casa cuanto antes y comprobar que todo marchaba bien.
Cuando llegó a la granja por fin, el corazón estaba a punto de estallarle del
esfuerzo. Dejó la bicicleta tirada junto al cobertizo, sin preocuparse por guardarla, y
corrió hacia la entrada.
Se detuvo de pronto, con el corazón latiéndole con fuerza.
Joker, su perro, no había acudido a recibirle, como todos los días. Tampoco
se oían sus ladridos desde la parte posterior de la granja. «Habrá ido al bosque», se
dijo Jack, intentando calmarse.
No pudo evitarlo, sin embargo. Echó a correr de nuevo hacia la puerta de la
casa. La halló entreabierta y entró.
Algo le detuvo.
En apariencia, todo parecía normal. La luz del salón estaba encendida, se
oía el murmullo apagado del televisor.
Pero se respiraba un ambiente extraño.
Temblando, entró en el salón. Su padre estaba sentado en el sofá, frente al
televisor, de espaldas a él. Podía ver su cabeza descansando sobre el respaldo.
—Papá...
No hubo respuesta. En la televisión ponían un estúpido programa de
imitadores de cantantes famosos, y Jack se aferró desesperadamente a la idea de
que era lógico que su padre se hubiese quedado dormido.
Rodeó el sofá y, tras un breve instante de vacilación, miró a su padre a la
cara.
Estaba inmóvil, pálido, con los ojos abiertos de par en par, desenfocados,
mirando a ninguna parte. No había ninguna señal de sangre o violencia en su
cuerpo.
Pero Jack supo que estaba muerto.
Algo golpeó su conciencia con la fuerza de una pesada maza. Por un
momento el tiempo pareció detenerse, y su corazón, con él; pero de inmediato el
mundo a su alrededor se tambaleó y empezó a girar a una velocidad abrumadora.
Se abalanzó hacia su padre y lo sacudió varias veces, tratando de hacerlo
reaccionar. En el fondo sabía que era inútil, pero, simplemente, no quería creerlo.
—¡Papá! Papá, por favor, papá, despierta...
Su voz se quebró con un sollozo aterrorizado. De pronto pensó que tal vez
no era demasiado tarde, que tenía que llamar a una ambulancia, y quizá... corrió
hacia el teléfono y descolgó el auricular.
Pero no había línea, Jack colgó el teléfono con violencia, rabia y
desesperación; se secó las lágrimas con la manga del jersey, dio media vuelta y se
precipitó escaleras arriba.
—¡Mamá! -gritó-. ¡Mamá, baja corriendo, trae el móvil!
Tropezó en un escalón y cayó, golpeándose las rodillas, pero eso no lo
detuvo. Se levantó de nuevo y siguió corriendo:
—¡¡Mamá...!!
Enmudeció de pronto, porque había alguien al fondo del corredor. Alguien
que no era su madre. Frenó en seco, desconcertado. Los dos se miraron un
momento.
Se trataba de un hombre de ojos de color avellana y rasgos delicados, pero
expresión dura y ligeramente burlona. Vestía algo parecido a una túnica que le
llegaba por los pies, y tenía el cabello oscuro y encrespado.
—-¿Quién... quién es usted? -murmuró Jack, confuso y todavía con los ojos
llenos de lágrimas.
Algo atrajo su atención, sin embargo. Sobre el parquet, a los pies del
individuo de la túnica, había un bulto inerte. Jack lo reconoció, y sintió que las
piernas le temblaban; tuvo que apoyarse en la pared para no caerse.
Era su madre, que yacía en el suelo, pálida, con la cabeza vuelta hacia él y
los ojos abiertos.
Jack sintió que la sangre se le congelaba en las venas. Aquello no podía
estar sucediendo...
Pero no había duda. La mirada de su madre era vacía, inexpresiva.
Sus ojos estaban muertos.
—¡¡¡Mamáááá! -gritó el chico, fuera de sí.
Echó a correr hacia ella, sin importarle para nada la presencia del hombre de
pelo negro...
Todo sucedió muy deprisa. El desconocido gritó unas palabras en un idioma
que Jack no conocía (pero que, de pronto, le sonó extrañamente familiar) y algo
golpeó al chico en el pecho, dejándolo sin aliento, y lo lanzó hacia atrás.
Jack chocó contra la pared y sacudió la cabeza, aturdido y respirando con
dificultad. No tenía ni idea de qué era lo que lo había empujado con tanta violencia;
el individuo de la túnica estaba aún lejos de su alcance cuando aquel lo-que-fuera lo
había lanzado contra la pared.
Pero no se detuvo a pensar en ello. El golpe lo devolvió a la realidad.
Se dio cuenta de que, muy probablemente, aquel estrafalario individuo era el
responsable de la muerte de sus padres; y una parte de sí mismo, que estaba oculta
y dormida y solo despertaba en ocasiones puntuales, y que, sin embargo, Jack
conocía muy bien, aullaba de dolor, ira y sed de venganza.
Por otro lado, sabía que lo más prudente era dar media vuelta y echar a
correr, escapar, avisar a la policía...
Por suerte para él, logró dominar su ira y dejar paso a la sensatez. Se puso
en pie de un salto, reaccionando más deprisa de lo que su oponente había previsto.
Echó a correr en dirección a las escaleras y lo oyó gritar a su espalda, pero no se
detuvo. Bajó a todo correr; en su precipitación, tropezó de nuevo y cayó rodando
hasta el salón.
Pero, cuando estaba a punto de levantarse, sintió una presencia gélida tras
él, y se estremeció, sin poderlo evitar. Se volvió lentamente...
Ante él se hallaba un chico algo mayor que él, vestido de negro. Era
delgado y fibroso, de facciones suaves y cabello castaño claro, muy fino y liso, que
le caía a ambos lados del rostro. Sus ojos azules se clavaron en él, inquisitivos.
Era la primera vez que se encontraban, de eso Jack estaba seguro, pero, por
alguna razón, no pudo evitar sentir una súbita repulsa hacia él, como si el mero
hecho de estar cerca de aquel desconocido le produjese escalofríos.
Reprimió un estremecimiento y lo miró a los ojos.
Y de pronto sintió algo extraño, una sacudida, como si algo se hubiese
introducido en su interior y estuviese explorando sus más secretos pensamientos y
sus más íntimos sentimientos.

Trailers de El Ejército Negro

Trailer I:

Trailer II:

Trailer III:

Trailer al completo:

- En mi opinión los libros están mucho mejores que los trailers...

El Ejército Negro - II. El Reino de la Oscuridad

Nombre: El Ejército Negro - II. El Reino de la Oscuridad.
ISBN: 84-675-2148-1
Escritor/a: Santiago García-Clairac
Editorial: SM
Páginas: 601
Precio: 20 €

Primer Capítulo

LIBRO SEXTO

DESOLACIÓN

I. El drama de Arturo

La página más oscura de la leyenda de Arturo Adragón, el joven caballero que dirigió al
Ejército Negro y que creó Arquimia, el mayor reino de justicia jamás conocido, se escribió
durante la terrible batalla de Emedia.
Allí ocurrieron dos graves acontecimientos que le partieron el corazón: la muerte de
la princesa Alexia a sus propias manos y la derrota de su ejército.
Un profundo deseo de venganza se instaló en su espíritu; continuamente pensaba en
matar a Demónicus, al que hacía responsable de tanta desgracia y en castigarse a sí mismo,
por haber fallado a sus hombres y por haber matado al gran amor de su vida. Las imágenes
de la feroz batalla, en la que los soldados del Ejército Negro morían bajo las armas
envenenadas de los demoniquianos, devorados por bestias carnívoras y abrasados por el
fuego de feroces dragones, mientras él luchaba contra Alexia, poblaban sus sueños cada
noche y le atormentaban sin descanso.
Desde entonces, Arturo se había convertido en un ser que no conocía la paz; pasaba
muchas horas aislado, intentando ordenar sus ideas y tratando de dominar los sentimientos
de rabia y frustración que le oprimían.
Arturo Adragón se encontraba ahora en la gruta subterránea del monasterio de
Ambrosia, envuelto en un silencio tan profundo que hasta los más mínimos ruidos
producidos por los pliegues de su ropa se amplificaban como un trueno y resonaban hasta
en el último rincón de la cueva.
Acababa de destapar el féretro de la princesa Alexia. Se inclinó sobre el ataúd,
introdujo la caja de madera con el pergamino secreto que Arquimaes le había confiado y la
puso entre las inertes y rígidas manos de la princesa. Sabía que el documento aquí estaría
bien protegido.
Comprobó con satisfacción que su maestro había hecho un buen trabajo de
embalsamamiento y había aplicado sus mejores técnicas para conservar el cuerpo sin vida
de su amada princesa, sobre cuyo rostro pasó los dedos en señal de despedida.
Ajustó la tapa y la apretó con fuerza; los cerrojos de seguridad diseñados por
Arquimaes se cerraron y el ataúd quedó definitivamente sellado. Le tranquilizó saber que
nadie podría volver a abrir el féretro salvo él o su maestro, que eran los únicos que
conocían la forma de hacerlo. Ahora, Alexia y el pergamino con la fórmula de la vida
eterna yacían juntos en una caja fortificada, inexpugnable.
Entonces, se puso en pie, se despojó de su ropa de guerra, quedándose únicamente
con el faldón y dejando su cuerpo tatuado al descubierto. Extendió los brazos hacia los
lados, como si fuesen alas, y susurró una palabra que solo él pudo escuchar: «Adragón».
Lentamente, sus pies se despegaron del suelo y su cuerpo se elevó, ligero como una pluma.
Suspendido en el aire, como si estuviera colgado de un hilo invisible, cerró los ojos
y se adentró en sus recuerdos.
La visión de un guerrero que cabalgaba sobre un dragón, vestido con la armadura
del príncipe Ratala, y que luchaba ferozmente contra él, dispuesto a matarle, se hizo tan real
que sus puños se cerraron involuntariamente para eliminarla.
Su enemigo manejaba la espada con la habilidad de un guerrero experto y le forzaba
a evitar sus mandobles. El filo de su arma le rozó varias veces y, después de asestarle un
peligroso golpe, Arturo aprovechó un descuido de su rival y le clavó la espada alquímica
con tanta furia que lo atravesó por completo y lo mató.
Los rugidos de alegría de los hombres del Ejército Negro le compensaron por los
malos ratos pasados durante ese infernal duelo, a lomos de un dragón, convencido todavía
de que luchaba contra Ratala, quien le había desafiado.
Arturo recordó cómo la muerte de Ratala había mermado las fuerzas de Demónicus.
Todo estaba a favor del Ejército Negro, que recuperó la confianza en sí mismo y se vio con
ánimo para ganar aquella terrible batalla contra el Mago Tenebroso. Pero después algo
había salido mal.
Una vez en el suelo, Arturo Adragón quitó el yelmo de su enemigo muerto y
descubrió con horror que aquel cadáver pertenecía a Alexia y no a Ratala. El mundo se
oscureció y todo dejó de tener sentido para él. ¡Acababa de matar a la persona que amaba!
Lo había hecho con sus propias manos, con la espada alquímica. Un arma mágica a la que
había jurado servir con honor y justicia. ¡Y su primera víctima había sido precisamente
Alexia! Si el mundo se hubiera derrumbado en aquel momento, ni siquiera se habría dado
cuenta.
Rememoró otra vez aquella horrorosa escena y se dejó llevar por los recuerdos.
Intentó nuevamente desviar el curso de los acontecimientos, sin conseguirlo. Aquella
tragedia estaba grabada en la eternidad a sangre y fuego y nadie podía cambiarla. Ahora
solo quedaban los remordimientos, que le corroían las entrañas.
Con el corazón destrozado, Arturo descendió lentamente y se posó sobre la arena.
Se acercó al riachuelo y vio su cabeza reflejada en el agua transparente. Su rostro,
enmarcado con la letra adragoniana, se balanceaba suavemente sobre el espejo cristalino,
dividiendo su rostro en pequeñas ondas que se alejaban.

* * * * *

Esa noche había bajado hasta el río para bañarse en soledad, como hacía cada vez
que la exasperación le atenazaba. La mansa corriente que balanceaba su cuerpo le
proporcionaba un consuelo pasajero y le ayudaba a enfrentarse a sus fantasmas, cada vez
más poderosos. El agua fría era buena compañera para alguien que deseaba desaparecer de
este mundo, reunirse con su amada y acompañar a sus hombres muertos.
De repente, el ritmo de la corriente se alteró y le devolvió a la realidad. Arturo se
preguntó si esa repentina crecida del río se podía deber al deshielo, pero en seguida
descartó esa posibilidad. Alguien estaba cruzando el lecho del río un poco más arriba y, a
juzgar por la fuerza de las olas, se trataba de algo grande.
Entonces se alarmó.
Salió velozmente del agua, se acercó a su caballo, donde se ajustó el calzón y se
puso el faldón de la túnica, y escuchó un relincho contenido, acompañado del paso de
varios caballos. Medio desnudo, agarró su espada y se subió a un frondoso roble.
Gracias a la luz de la luna llena pudo ver como unos cuarenta hombres, envueltos en
capas negras y fuertemente armados se dirigían sigilosamente hacia Ambrosia.
«Demoniquianos», pensó con acierto...
No dudó ni un instante. Saltó del árbol y de una carrera se encaramó a una roca que
cortaba el camino de los invasores.
–¡No deis ni un paso más! –ordenó enérgico cuando los intrusos entraron en el
claro–. ¿Qué buscáis aquí, hombres de Demónicus?
El general Nórtigo escuchó aquella voz con sorpresa. Sus hombres ya habían
aniquilado dos patrullas emedianas de vigilancia y le habían asegurado que el camino
estaba libre, que no encontrarían centinelas en esta parte del bosque.
–¿Cómo te atreves? –preguntó el general–. ¿Quién te envía?
–Responde a mi pregunta –exigió Arturo, señalándole con la espada–. ¿Qué
queréis?
Nórtigo observó la oscura silueta que le cerraba el paso. Pronto se dio cuenta de que
se trataba de un solo hombre y de que no tenía precisamente una complexión fornida. El
asunto se resolvería enviando a un par de sus mejores soldados.
–Súrfalo, Estiquio, quitad de en medio a este estúpido –ordenó.
Dos hombres de aspecto feroz, armados con una maza y un hacha vikinga de doble
filo, se acercaron a él.
Arturo se quedó quieto. Sabía que esos dos guerreros querían acabar con él
rápidamente. Confiaban demasiado en sus habilidades guerreras.
Súrfalo se acercó por la derecha, y Estiquio por la izquierda. Planeaban un ataque
cruzado. Una táctica infalible. Y sonrieron para hacer saber a su víctima que no tenía
escapatoria.
El hacha de Estiquio inició un movimiento ascendente mientras la maza de Súrfalo
formaba un remolino de aire a su alrededor.
La espada de Arturo se movió con tal rapidez que los reflejos plateados de la luna
apenas pudieron mostrar su trayectoria. Cortó el cuello de Súrfalo y rajó el vientre de
Estiquio sin que tuvieran tiempo de gritar. Únicamente la cabeza del primero, que rebotó en
el suelo, hizo un pequeño ruido que estremeció a todos.
–¿Quién eres? –preguntó Nórtigo, al ver cómo sus dos mejores hombres habían sido
vencidos con tal facilidad.
–Me llamo Arturo Adragón. Soy el jefe del Ejército Negro, al que habéis vencido en
las llanuras de Emedia.
Nórtigo sintió un nudo en la garganta. Ahora le reconocía. Le había visto luchar en
el campo de batalla y se había sentido deslumbrado por él.
–Somos muchos contra uno solo –le advirtió el general invasor–. Es mejor que
arrojes la espada. No podrás con nosotros.
–La vida ya no tiene valor para mí –respondió Arturo, masticando las palabras–. Me
haréis un favor si me matáis.
–Será un placer para nosotros –aseguró el jefe de los guerreros.
–No retrocederé ni un solo paso –aseguró Arturo con firmeza mientras blandía la
espada ensangrentada–. Aquí os espero.
Nórtigo no daba crédito a sus oídos. ¡Un solo hombre se atrevía a desafiar a sus más
curtidos guerreros! Hombres elegidos, cuya ferocidad estaba más que probada. Todos
habían participado en la batalla de Emedia y habían vencido a ese extraño Ejército Negro,
que había confiado su victoria a letras de tinta y libros de papel.
–¡Rodeadle y acabad con él! –ordenó Nórtigo, convencido de que sus hombres no le
dejarían escapar con vida–. ¡Matadle!
Cuando los guerreros dieron un paso adelante, dispuestos a cumplir la orden de su
jefe, Arturo alzó los brazos y lanzó un grito:
–¡Adragón! ¡Ven a mí!
Ese grito de guerra heló el corazón del general demoniquiano. Se sintió tentado de
ordenar la retirada, pero contuvo su impulso de cobardía. De repente, el cuerpo de Arturo se
vio envuelto en una extraña nube negra que salió de su pecho. Como si un millón de pájaros
oscuros hubieran acudido a su llamada. El zumbido que acompañaba a esas extrañas formas
hizo detenerse a los guerreros que, sorprendidos, no sabían a qué atenerse.
Arturo alzó la espada hacia las estrellas, y las letras se colocaron como un gran
batallón disciplinado recortado en el cielo, sobre la luna blanca. Un ejército dispuesto a
atacar.
–¡Adragón! –volvió a gritar Arturo, señalando a sus enemigos con su espada
alquímica–. ¡Adragón!
Las letras se lanzaron contra los guerreros demoniquianos. Después de rodearlos por
completo, se infiltraron silenciosamente en sus filas e iniciaron un inesperado ataque que
los soldados fueron incapaces de repeler.
Nórtigo, atónito, escuchó los gritos de sus hombres con impotencia. Esas malditas
letras los estaban aniquilando sin piedad y pronto comprendió que sus guerreros no podrían
con ellas. La batalla estaba perdida. Miró a Arturo, esperando que alguno de los suyos le
dispararse una flecha o una lanza, pero eso no ocurrió. En cambio, vio algo que le
horrorizó: ¡La negra figura de un dragón protegía a Arturo! ¡Era una alucinación diabólica!
Dispuesto a acabar con aquella horrible magia, espoleó a su montura y se lanzó
contra Arturo, blandiendo una espada envenenada. Nórtigo consiguió acercarse, tras sortear
a los heridos y moribundos que se revolvían entre los caballos caídos, incluso saboreó un
momento el triunfo cuando advirtió que el muchacho estaba al alcance de su arma. Pero,
otra vez, las cosas cambiaron de rumbo.
El dragón que protegía a Arturo se abalanzó sobre él y le lanzó por los aires como a
un pelele. Mientras volaba, y como si se tratase de una visión infernal, contempló a sus
hombres rugiendo de dolor, mientras las letras negras los mataban a todos, sin
contemplaciones.
–¡Maldito seas! –exclamó al caer sobre una roca, a los pies de Arturo–. ¡Condenado
Arturo Adragón!
–¡Malditos son los que atacan de noche y a traición! ¡Malditos los que transforman
a los hombres en bestias y atacan a mujeres y niños inocentes! –respondió Arturo,
apuntándole con su espada alquímica–. ¡Malditos los que robáis la vida! ¿A qué habéis
venido esta noche?
–¡No lo sabrás, perro!
–¡Habla o muere! –le increpó Arturo–. ¿Cuáles son vuestras intenciones? ¿Qué
buscáis en Ambrosia?
–¡Moriré antes de revelar el objeto de mi misión! –respondió, clavándose su propio
cuchillo en el corazón–. ¡Por Demónicus!
Antes de morir, Nórtigo pudo ver cómo Arturo enarbolaba su espada señalando al
cielo, y las letras se colocaban de nuevo sobre su cuerpo, igual que una coraza.
La noche recuperó su silencio.
Arturo caminó hasta el borde del río, se lavó, terminó de vestirse, montó su caballo
y se dirigió hacia Ambrosia, donde todos dormían tranquilamente, ajenos a lo que acababa
de suceder. Los centinelas le dejaron cruzar la puerta del recinto fortificado, levantado
alrededor de los restos de la abadía, sin darse cuenta de la excitación que le embargaba.
Acababa de matar a cuarenta demoniquianos y se sentía aliviado. Solo la muerte de
sus enemigos ayudaba a mitigar el dolor por lo que le había hecho a Alexia y por la derrota
de sus hombres.
Pero una pregunta rondaba su mente: ¿Qué buscaban esos demoniquianos?

El Ejército Negro - I. El Reino de los Sueños

Nombre: El Ejército Negro - I. El Reino de los Sueños.
ISBN: 8467511532
Escritor/a: Santiago García-Clairac
Editorial: SM
Páginas: 636
Precio: 19'5€

Primer capítulo:


PROXIMAMENTE

Top Ten en libros de fantasía

Bienvenidos a este nuevo blog, os quiero dar la bienvenida con un Top Ten de los libros mas vendidos/entretenidos actuales:

- El Ejército Negro

Es una fantástica trilogía que narra la historia de un muchacho llamado Arturo Adragón del siglo XXI y del siglo XI. Esta trilogía por ahora se compone de:

I - El Reino de los Sueños.
II - El Reino de la Oscuridad.

- Memorias de Idhún

Es otra fantástica trilogía que por ahora se compone de tres libros publicados por Laura Gallego, que son:

I - La Resistencia.
II - Tríada.
III - El Panteón.

- Crónicas de la Torre

Es otra trilogía escrita por Laura Gallego que narra las aventuras de una niña llamada Dana, esta obra se compone de:

I - El valle de los Lobos.
II - La maldición del Maestro.
III - La llamada de los muertos.
IV - Fenris, El Elfo.

- La emperatriz de los Etéreos

Hace poco que salió este ejemplar, pero ha hecho estragos, yo personalmente todavía no lo he leído, pero espero hacerlo pronto porque seguro que merece la pena, sólo con ver los comentarios...

- El Alquimista

Es un libro que arrasa allí donde va. El Alquimista relata las aventuras de Santiago, un joven pastor andaluz que un día abandona su rebaño para ir en pos de una quimera. Un enriquecedor viaje por las arenas del desierto que recrea un símbolo hermoso y revelador de la vida, el hombre y sus sueños.